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Marcelo Valerón
Sábado, 08 de Agosto de 2026
El enigma de Telde

La cigarra y el voto castellano dieron paso a San Gregorio

Telde : San Juan y San Gregorio. Fotos JmorenoTelde : San Juan y San Gregorio. Fotos Jmoreno

Desde el siglo XVI y por nacimiento popular el crecimiento principal de la ciudad de Telde se asentó alrededor de la ermita de San Gregorio Taumaturgo

 

           La voracidad de la langosta africana a mediados del siglo XVI dividió la urbe en dos mundos: la aristocracia señorial de San Juan frente a la masa de artesanos y campesinos que erigió su propia fe en los antiguos Llanos de Jerez.

 

               En el proceso de configuración urbana de las ciudades de la Corona de Castilla en el Atlántico, pocos municipios reflejan de forma tan nítida las diferencias de clase y casta como la ciudad de Telde. Tras la Conquista de Gran Canaria a finales del siglo XV, el reparto de las tierras de riego y los rentables ingenios azucareros dibujó una frontera social invisible pero infranqueable. A un lado del barranco, el poder y la alcurnia; al otro, la mano de obra que sostenía la economía insular.

 

       En esa dualidad, una terrible plaga agrícola y la fe traída por los conquistadores de la Península se convirtieron en los verdaderos arquitectos del barrio más dinámico de la ciudad.

 

San Juan y San Gregorio: La división social de la ciudad

 

               Desde la segunda y definitva refundación de la ciudad de Telde, San Juan quedó reservado para la élite. Allí fijaron su residencia los capitanes castellanos, los regidores del Cabildo, la alta jerarquía eclesiástica y los señores del azúcar.

 

                 En sus calles empedradas se levantaron casonas de cantería, palacetes nobiliarios y la majestuosa basílica que custodiaba las joyas del arte flamenco traídas del norte de Europa. San Juan era el centro del poder político, administrativo y religioso.

 

                     Sin embargo, a cierta distancia, sobre la amplia y fértil vega conocida como los Llanos de Jerez, comenzó a germinar una realidad sociológica completamente distinta.

 

            Aquel espacio abierto fue el lugar de asentamiento reservado para la "gente llana": los campesinos, jornaleros, artesanos, herreros, alfareros y los indígenas canarios que alimentaban con su esfuerzo diario las explotaciones agrícolas y los talleres de la comarca. Sin el trazado monumental ni los recursos de la aristocracia, este poblamiento popular creció de forma orgánica, profundamente vinculado al trabajo de la tierra.

 

La "cigarra" africana y el desastre en Los Llanos

 

                A mediados del siglo XVI, la frágil economía de subsistencia de estos trabajadores del campo se vio amenazada por un enemigo voraz e imparable: la plaga de la langosta africana (conocida popularmente en las islas como la cigarra). Nubes oscuras impulsadas por los vientos del Sahara descendían sobre los cultivos de cereales, hortalizas y caña de azúcar de los Llanos de Jerez, devorando en cuestión de horas el sustento de cientos de familias y arruinando las cosechas.

 

                 Tal y como ha documentado el historiador Vicente J. Suárez Grimón en sus investigaciones sobre la agricultura en el Antiguo Régimen, estas plagas africanas generaban periódicamente auténticas catástrofes socioeconómicas. Las Actas del Cabildo de Gran Canaria del siglo XVI registran los desesperados bandos institucionales para la quema de campos y la recogida manual de la plaga, dibujando un escenario de ruina inminente frente al cual la población no hallaba respuesta técnica efectiva.

 

El voto castellano y la ermita de los campesinos

 

           Muchos de los principales regidores y encomenderos castellanos asentados en la isla procedían del norte peninsular (zonas de Palencia, Burgos y La Rioja), donde existía una profunda tradición bajomedieval de rogativas a patronos milagrosos contra las plagas del campo. Siguiendo la costumbre castellana, la comunidad agrícola realizó un voto religioso y encomendó sus males a San Gregorio Taumaturgo, obispo del siglo III célebre en la hagiografía por su poder intercesor sobre los fenómenos de la naturaleza.

 

                Tras la remisión de la plaga —atribuida por el fervor popular a un milagro del santo—, los hacendados castellanos y la comunidad de artesanos y peones unieron esfuerzos para erigir, entre 1550 y 1570, una modesta ermita campesina en honor a San Gregorio en el corazón de los Llanos de Jerez.

 

                 Fuentes documentales clave como los Libros de Fábrica de la Parroquia (custodiados en el Archivo Histórico Diocesano de Canarias) y la monumental obra del cronista teldense Pedro Hernández Benítez (Telde: Sus valores artísticos e históricos, 1955) corroboran cómo aquella sencilla edificación religiosa se convirtió de inmediato en el catalizador identitario del estamento popular.

 

                     Alrededor de su plaza, los vecinos de los Llanos no solo encontraron refugio espiritual contra las sequías y las plagas, sino un espacio propio de cohesión social, al margen de la solemnidad aristocrática de San Juan.

 

De asentamiento humilde a epicentro urbano y político

 

                Con el paso de los siglos, aquella ermita de los agricultores se transformó en la soberbia iglesia neoclásica que hoy preside el barrio, y los antiguos Llanos de Jerez pasaron a llamarse definitivamente San Gregorio, encarnando con ello el núcleo o centro urbano de la ciudad.

 

                    Lo que nació como un asentamiento periférico y humilde para albergar a la mano de obra de Telde experimentó una metamorfosis histórica extraordinaria. Con el auge gremial y mercantil de los siglos XIX y XX, el barrio no solo evolucionó hasta convertirse en el motor económico de la ciudad, sino en el auténtico sinónimo del centro urbano de Telde.

 

                     Hoy en día, San Gregorio es el epicentro neurálgico donde palpita la principal fuente de su vida social, comercial y política; el lugar donde la ciudadanía se encuentra, se manifiesta y vive el día a día.

 

                Telde mantiene viva en su fisonomía esa apasionante herencia histórica: la elegante memoria nobiliaria y patrimonial de San Juan custodiando la historia, y la fuerza viva de San Gregorio, nacida del sudor del campo y la devoción contra la cigarra, erigida hoy en el verdadero corazón latente de la urbe teldense.

 

              Sin embargo, este siglo XXI camina por nuevos derroteros, ya que el asentamiento masivo de viviendas en el Valle de Jinamar desde principio de la década de 1970 han convertido a este enclave casi con el mismo número de habitantes que todo el casco urbano de Telde.

 

                 Igualmente se constata que el entramado urbano se extiende totalmente hacia zonas que antes eran periféricas pero que ahora casi no se distinguen del centro, especialmente en el eje hacia la costa tanto por San Antonio-La Pardilla como por El Calero-Las Huesas.

 

                La costa o litoral teldense tanto desde La Garita como Melenara y Salinetas se han convertido de facto, en uno de los espacios mas vibrantes con sus fiestas y eventos habituales que reunen a casi todo el mundo.

 

            Nos encontramos ante una ciudad viva, que sigue creciendo al son de la modernidad, pero que no podemos olvidar que ese mismo espiritu de crecimiento de la urbe con la que nació San Gregorio en el siglo XVI es el mismo que ilumina la ampiación de la Ciudad hacia la costa y otros pagos, y no es ampliación edificatoria, sino sobretodo del sentido de la pertenencia a esta ciudad de Telde que cumplirá en breve su 675 Aniversario de su fundación.

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