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Marcelo Valerón
Lunes, 06 de Julio de 2026
Cada vez se suicidan más jóvenes

Del suicidio al riesgo legal de confluir con la eutanasia

Foto JmorenoFoto Jmoreno

La causa psicológica o depresión irreversible sirva como una nueva "puerta de escape" jurídica tal como pasó con el aborto en el supuesto de riesgo psicologico para la mujer.

 

       El suicidio sigue representando una de las realidades más desgarradoras en el tejido social español. Tras años de crecimiento sostenido que llegaron a superar la barrera de las 4.000 muertes anuales, los datos de 2025 del Instituto Nacional de Estadística (INE) consolidan ligeras fluctuaciones a la baja, situando la cifra anual en torno a las 3.808 muertes.

 

    A pesar de este ligero descenso general, los datos oficiales del INE siguen destapando dos alarmas críticas: los hombres se suicidan tres veces más que las mujeres y también la preocupante tendencia en edades cada vez más tempranas.

 

     A este escenario de salud pública se le suma ahora un debate paralelo de enorme calado ético y jurídico: el impacto de la normalización de la Ley de Eutanasia y el riesgo de que la causa psicológica o la depresión crónica se conviertan en una rendija legal difusa.

 

     Los registros del INE revelan dinámicas poblacionales claras que obligan a realizar un análisis en profundidad sobre dónde y cómo golpea este fenómeno.

 

La brecha inalterable de 3 a 1

 

      Si algo permanece inamovible en la estadística histórica de mortalidad por causas externas en España es la prevalencia masculina. De las defunciones registradas anualmente, en torno al 73% corresponden a hombres frente al 27% de mujeres.

 

      En los datos más recientes del INE, de la cifra global de suicidios, 2.784 fueron varones y 1.024 mujeres. Esto se traduce en una relación matemática persistente: por cada mujer que se quita la vida, fallecen tres hombres.

 

      Los expertos señalan que, aunque las mujeres registran históricamente un mayor número de intentos e ideaciones, los hombres recurren a métodos significativamente más letales, lo que cronifica esta brecha de género.

 

El repunte en los tramos más jóvenes

 

      La segunda alerta, de especial preocupación para la comunidad médica y educativa, es el desplazamiento de estas conductas hacia la juventud. Tradicionalmente vinculado a tramos de edad avanzada debido a la soledad o a patologías crónicas, el suicidio se ha consolidado en la última década como la principal causa de muerte no natural entre los jóvenes de 15 a 29 años.

 

      Los datos reflejan incrementos alarmantes en el tramo de menores de 20 años, visibilizando que los problemas de salud mental y el sufrimiento psicológico se están manifestando de forma mucho más precoz y violenta en las nuevas generaciones.

 

La confluencia con la Eutanasia: ¿Un nuevo factor de riesgo legal?

 

      En este complejo panorama irrumpe la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE). Mientras un sector de la sociedad, respaldado por el Gobierno y colectivos de corte progresista, defiende la norma como un avance prioritario en derechos individuales y una opción compasiva, otro amplio sector social —junto a juristas y comités de bioética— alerta sobre los riesgos derivados de su interpretación y el peligro de una eventual "desensibilización" social hacia el final de la vida.

 

El precedente del "fraude de ley" de 1985

 

     Quienes observan el despliegue de la eutanasia con recelo trazan un paralelismo histórico con la primera despenalización del aborto en España en 1985. Aquella ley se estructuró bajo tres supuestos muy tasados: violación, malformación fetal y peligro para la vida o la salud física o mental de la madre.

 

     Con el paso de los años, el supuesto de la "salud mental de la mujer" se transformó en una interpretación tan elástica que terminó amparando de facto la inmensa mayoría de las interrupciones voluntarias del embarazo en el país y así se convirtió en un coladero por el que se autorizaron centenares de miles de aborto cada año, con la simple firme de un médico y un psiquiatra.

 

     El temor actual se centra en que la causa psicológica o la depresión profunda irreversible actúe como una nueva "puerta de escape" jurídica.

 

    Si el sufrimiento psíquico insoportable basta legalmente para justificar la prestación de ayuda a morir, se corre el riesgo de que el sistema sanitario termine certificando la muerte asistida en pacientes cuya patología principal es un trastorno mental tratable o una crisis existencial profunda, diluyendo así la frontera entre la prevención del suicidio y el auxilio estatal para morir.

 

El debate mediático: El caso de Barcelona

 

        Esta encrucijada legal dejó de ser una hipótesis teórica para convertirse en un tenso debate social a raíz de casos recientes en Cataluña. El procedimiento de eutanasia aplicado en Barcelona a Noelia, una joven de 25 años, desató una intensa batalla en los tribunales y en la opinión pública.

 

       Mientras colectivos provida y su propio entorno familiar argumentaban que la joven sufría una depresión profunda derivada de traumas graves y agresiones sexuales previas —lo que a su juicio anulaba la estabilidad de su consentimiento—, las resoluciones judiciales ratificaron el procedimiento argumentando que los informes médicos acreditaban un "padecimiento grave, crónico e imposibilitante" debido a una lesión medular irreversible surgida tras un intento previo de suicidio.

 

      Este caso ha dejado en evidencia lo sumamente delgada que puede llegar a ser la línea divisoria entre el sufrimiento físico derivado de secuelas y el dolor mental crónico.

 

Hacia un cambio de paradigma estatal

 

      Para los sectores más críticos, el panorama actual refleja un cambio de paradigma inquietante: argumentan que el Estado, en lugar de agotar todos los recursos posibles para proteger la vida de los ciudadanos más vulnerables y fortalecer una red de salud mental infrafinanciada, está articulando mecanismos institucionales que facilitan la muerte a quienes la solicitan bajo situaciones de quiebra psicológica.

 

     El desafío que tenemos delante radica en garantizar que las campañas de concienciación y la normalización del derecho a morir no terminen ensombreciendo el deber primordial de cuidar, curar y prevenir el suicidio en una sociedad que, especialmente en sus tramos más jóvenes, muestra signos evidentes de fragilidad emocional.

 

      ¿Quién decide que una persona en quiebra emocional por una depresión profunda, no sea captado y convencido para que solicite la eutanasia?

 

      El limite ético quedá a expensas de la opinión pública, a si es aceptado por una mayoria social. Un grave riesgo para todas las personas vulnerables, y para los mayores, en soledad, que ya no son útiles a la sociedad, sino más bien una carga.  Las campañas institucionales serán una bomba que nos mete de lleno en una sociedad sin valores éticos y muy cercana al totalitarismo.

 

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