Vivir apretados junto al mar
La isla que no vemos frente al espejismo del cemento
Estación Maritima Esteban de Bethencourt (TF). Foto Jmoreno
El 90 % de residentes y turistas que nos visitan ocupamos menos del 10% de la isla
Para cualquiera que recorra la autopista GC-1 un martes por la mañana, o para quien contemple la hilera de hoteles que bordea las dunas de Maspalomas, la conclusión parece obvia: La isla está colapsada por el cemento.
Vivimos rodeados de asfalto, naves industriales, centros comerciales y complejos turísticos. Sin embargo, esa sensación tan real como agobiante es solo un espejismo geográfico. Un truco de perspectiva.
La realidad matemática de la isla es radicalmente distinta y esconde una paradoja asombrosa: el 90% de los isleños y de los millones de turistas que nos visitan vivimos, trabajamos y veraneamos ocupando menos del 10% del territorio insular.
El efecto embudo: vivir apretados frente al mar
Gran Canaria sufre lo que los geógrafos denominan "hiperconcentración costera". La geografía abrupta del interior ha empujado históricamente la actividad hacia el litoral. Si sumamos la huella urbana real de Las Palmas de Gran Canaria, el motor industrial y residencial de Telde, y el gigantesco motor económico de las zonas turísticas del sur, el resultado es sorprendente: apenas ocupan unos 140 kilómetros cuadrados de los más de 1.560 que mide la isla.
Fuera de esa estrecha y densa franja costera, la isla se vacía. Más del 40% del territorio está blindado bajo el paraguas de Espacios Naturales Protegidos y la Reserva de la Biosfera.
El interior es un gigante verde y marrón de cumbres, barrancos y pinares inaccesibles, en apariencia, para el ladrillo. Pero hay otra porción del mapa, intermedia y silenciosa, que protagoniza el verdadero drama del suelo grancanario: las medianías.
250 kilómetros cuadrados de papel mojado
Es aquí donde los mapas oficiales chocan de frente con la realidad visual. El planeamiento insular tiene reservados nada menos que 250 kilómetros cuadrados de suelo calificado específicamente como Rústico de Protección Agraria.
Sobre el papel, es un granero estratégico destinado a alimentar a la isla y a sostener la ganadería local.
Sin embargo, basta con subir más allá de la cota de los 300 metros para descubrir el engaño del plano: la gran mayoría de ese suelo está hoy en desuso, abandonado o sepultado bajo un manto de matorral, tuneras y rabo de gato.
Aquellas cadenas de plataneras, de cultivos de frutales y campos de papas que hace décadas rebosaban nuestras medianías son hoy el reflejo del abandono rural.
La falta de relevo generacional, los altos costes del agua de riego y la falta de rentabilidad han convertido miles de hectáreas cultivables en un combustible perfecto para los grandes incendios forestales.
Técnicamente sigue siendo suelo agrícola protegido, pero en la práctica es paisaje baldío.
El otro factor: La persecución al agricultor y ganadero.
Otro efecto devastador para el campo es la conducta administrativa de los ayuntamientos, en su afán recaudatorio y avaricia por urbanizar o recalificar terrenos, trae como consecuencia que los agricultores o ganaderos se vean sometidos a los rigores o caprichos de los burócratas, cuyos clientes preferentes son los promotores urbanisticos mientras agobian y apretan a los agricultores precisamente para que abandonen sus cultivos y granjas, dejándolas abandonadas para justificar la necesaria "recalificación en chalés residenciales".
La expansión del uso residencial llega hasta el punto de obligar a los agricultores a quitar gallos o gallinas porque el ruido molesta a los recien llegados al campo, o peor aún, los que han obligado a erradicar granjas de cerdo, de gallinas o de cabras, porque el olor molesta a los residentes (incluso cuando se engüana los terrenos con estiercol) o hay moscas y mosquitos.
Esta barbarie y desatino, es consentido por todos los alcaldes y partidos políticos, ya que todos quieren tener mas residentes, mas casas, mas impuestos en caja y sobretodo mas votantes que los pocos agricultores y ganaderos que quedan puedan ofrecerles.
Cambiar la mirada sobre el territorio
Esta paradoja nos deja una doble lección. Por un lado, nos demuestra que Gran Canaria no está "completamente urbanizada"; lo que está es extremadamente concentrada.
El debate no debería ser si queda espacio libre, sino cómo gestionamos de forma más eficiente y sostenible ese escaso 9% urbano donde nos hacinamos a diario.
Por otro lado, evidencia la urgencia de mirar hacia arriba, hacia las medianías. Esos 250 kilómetros cuadrados de protección agraria no pueden seguir siendo solo una mancha de color verde en los despachos de urbanismo.
Tampoco podemos aplicarle los usos y costumbres urbanos, debemos proteger y garantizar los usos y costumbres agroganaderos (la existencia de estiercol, ruido de animales, la presencia de insectos y otras servidumbres propias del campo).
Mientras el asfalto costero acapara las quejas y las miradas, el verdadero desafío de Gran Canaria es recuperar la tierra que dejamos morir de olvido a la espalda de las ciudades.
Estación Maritima Esteban de Bethencourt (TF). Foto Jmoreno
Para cualquiera que recorra la autopista GC-1 un martes por la mañana, o para quien contemple la hilera de hoteles que bordea las dunas de Maspalomas, la conclusión parece obvia: La isla está colapsada por el cemento.
Vivimos rodeados de asfalto, naves industriales, centros comerciales y complejos turísticos. Sin embargo, esa sensación tan real como agobiante es solo un espejismo geográfico. Un truco de perspectiva.
La realidad matemática de la isla es radicalmente distinta y esconde una paradoja asombrosa: el 90% de los isleños y de los millones de turistas que nos visitan vivimos, trabajamos y veraneamos ocupando menos del 10% del territorio insular.
El efecto embudo: vivir apretados frente al mar
Gran Canaria sufre lo que los geógrafos denominan "hiperconcentración costera". La geografía abrupta del interior ha empujado históricamente la actividad hacia el litoral. Si sumamos la huella urbana real de Las Palmas de Gran Canaria, el motor industrial y residencial de Telde, y el gigantesco motor económico de las zonas turísticas del sur, el resultado es sorprendente: apenas ocupan unos 140 kilómetros cuadrados de los más de 1.560 que mide la isla.
Fuera de esa estrecha y densa franja costera, la isla se vacía. Más del 40% del territorio está blindado bajo el paraguas de Espacios Naturales Protegidos y la Reserva de la Biosfera.
El interior es un gigante verde y marrón de cumbres, barrancos y pinares inaccesibles, en apariencia, para el ladrillo. Pero hay otra porción del mapa, intermedia y silenciosa, que protagoniza el verdadero drama del suelo grancanario: las medianías.
250 kilómetros cuadrados de papel mojado
Es aquí donde los mapas oficiales chocan de frente con la realidad visual. El planeamiento insular tiene reservados nada menos que 250 kilómetros cuadrados de suelo calificado específicamente como Rústico de Protección Agraria.
Sobre el papel, es un granero estratégico destinado a alimentar a la isla y a sostener la ganadería local.
Sin embargo, basta con subir más allá de la cota de los 300 metros para descubrir el engaño del plano: la gran mayoría de ese suelo está hoy en desuso, abandonado o sepultado bajo un manto de matorral, tuneras y rabo de gato.
Aquellas cadenas de plataneras, de cultivos de frutales y campos de papas que hace décadas rebosaban nuestras medianías son hoy el reflejo del abandono rural.
La falta de relevo generacional, los altos costes del agua de riego y la falta de rentabilidad han convertido miles de hectáreas cultivables en un combustible perfecto para los grandes incendios forestales.
Técnicamente sigue siendo suelo agrícola protegido, pero en la práctica es paisaje baldío.
El otro factor: La persecución al agricultor y ganadero.
Otro efecto devastador para el campo es la conducta administrativa de los ayuntamientos, en su afán recaudatorio y avaricia por urbanizar o recalificar terrenos, trae como consecuencia que los agricultores o ganaderos se vean sometidos a los rigores o caprichos de los burócratas, cuyos clientes preferentes son los promotores urbanisticos mientras agobian y apretan a los agricultores precisamente para que abandonen sus cultivos y granjas, dejándolas abandonadas para justificar la necesaria "recalificación en chalés residenciales".
La expansión del uso residencial llega hasta el punto de obligar a los agricultores a quitar gallos o gallinas porque el ruido molesta a los recien llegados al campo, o peor aún, los que han obligado a erradicar granjas de cerdo, de gallinas o de cabras, porque el olor molesta a los residentes (incluso cuando se engüana los terrenos con estiercol) o hay moscas y mosquitos.
Esta barbarie y desatino, es consentido por todos los alcaldes y partidos políticos, ya que todos quieren tener mas residentes, mas casas, mas impuestos en caja y sobretodo mas votantes que los pocos agricultores y ganaderos que quedan puedan ofrecerles.
Cambiar la mirada sobre el territorio
Esta paradoja nos deja una doble lección. Por un lado, nos demuestra que Gran Canaria no está "completamente urbanizada"; lo que está es extremadamente concentrada.
El debate no debería ser si queda espacio libre, sino cómo gestionamos de forma más eficiente y sostenible ese escaso 9% urbano donde nos hacinamos a diario.
Por otro lado, evidencia la urgencia de mirar hacia arriba, hacia las medianías. Esos 250 kilómetros cuadrados de protección agraria no pueden seguir siendo solo una mancha de color verde en los despachos de urbanismo.
Tampoco podemos aplicarle los usos y costumbres urbanos, debemos proteger y garantizar los usos y costumbres agroganaderos (la existencia de estiercol, ruido de animales, la presencia de insectos y otras servidumbres propias del campo).
Mientras el asfalto costero acapara las quejas y las miradas, el verdadero desafío de Gran Canaria es recuperar la tierra que dejamos morir de olvido a la espalda de las ciudades.







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