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Marcelo Valerón
Martes, 30 de Junio de 2026
Jaulas marinas de Melenara

Una Bandera Negra Indigna y los Eco-Fariseos en Acción

Bandera Negra en Melenara. Foto JalonsoBandera Negra en Melenara. Foto Jalonso

Váyanse a pulpiar con su banderita negra a otra parte; porque con esa doble moral selectiva han abusado tanto de la falsedad, que ustedes ya no convencen ni a los suyos.

 

     La concesión de la Bandera Negra a las costas de Telde por parte de Ecologistas en Acción no debería sorprender a nadie; es más, si pecara de algo, es de ser una medida sumamente tibia para el calado de la tragedia ambiental que padecemos.

 

          La crisis de las jaulas de las piscifactorías ha dejado una huella profunda y devastadora en nuestro litoral. Lo que antaño fue un ecosistema submarino vibrante se ha transformado, por culpa de la masificación de lubinas de criadero, en un auténtico desierto biológico.

 

         La flora y la fauna marina de la zona no es que hayan disminuido, es que han sido erradicadas y diezmadas de forma inmisericorde: hoy en los fondos de Telde no quedan ni erizos, ni vida que sostenga el equilibrio de nuestras aguas. El daño es objetivo, grave y, por desgracia, visible.

 

         Sin embargo, el loable y necesario empeño de defender la naturaleza se ve gravemente empañado, una vez más, por una preocupante falta de credibilidad de estos grupos ecologistas. Asociados ideológicamente de forma casi umbilical al espacio de la izquierda militante, han terminado por autoconfinarse en una estricta fidelidad u obediencia a los suyos, restando fuerza a una causa que debería ser de todos.

 

         Llama poderosamente la atención el silencio sepulcral que guardan sobre el origen del problema. Nada dicen de los alcaldes, concejales y partidos políticos que aprobaron, permitieron y autorizaron la instalación de estas jaulas y piscifactorías hace ya casi treinta años.

 

       La crítica al color político de turno desaparece si los responsables forman parte de su misma cuerda ideológica. Este sesgo debilita su discurso: carece de coherencia exigir la desmantelación de las jaulas con la boca chica para no molestar a los despachos del Cabildo de Gran Canaria, mientras que para otros proyectos —como las regasificadoras en el puerto de Arinaga o en Las Palmas de Gran Canaria— se empleó toda la artillería pesada y el ímpetu activista.

 

      Por no hablar de la llamativa tibieza mostrada en la polémica del salto hidroeléctrico de Chira-Soria, donde su postura pareció alinearse sospechosamente a favor del propio Cabildo y las grandes eléctricas.

 

La ecología pierde su esencia protectora cuando se convierte en un instrumento de parte. La defensa del medio ambiente exige una vara de medir única, no un embudo que ensancha o estrecha según el carné del gobernante.

 

       El doble rasero se vuelve clamoroso cuando miramos hacia la capital de la isla. Resulta incomprensible que la bandera negra ondee con presteza en Telde, pero no la veamos plantada en el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria.

 

        Llevamos casi doce años con la playa de El Confital cerrada al baño por la presencia endémica de aguas fecales, por no hablar de las constantes riadas de aguas negras sin tratar que se vierten desde Barranco Seco hasta el mar, justo frente a la Audiencia en Vegueta.

 

       Ante este flagelo sanitario y ambiental, Ecologistas en Acción calla. Y calla porque allí gobiernan sus amigos del pacto de progreso (PSOE, Nueva Canarias y Podemos/Sumar). Nada dicen de la pila de millones de euros que se devuelven a Europa sin invertir, ni que la construcción de depuradoras y redes de saneamiento para barrancos y playas se queden sin fondos ni del FDCAN ni de otros.

 

     El veredicto de la ciudadanía ante estas dinámicas es de un absoluto desencanto. Así que, amigos de Ecologistas en Acción, quédense si quieren con su postureo y váyanse a pulpiar con su banderita negra a otra parte; porque con esa doble moral selectiva, ustedes ya no convencen ni a los suyos.

 

 

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