La moda del Reel o del Tik Tok
El sindrome del concejal de cristal: ¿Gestión o Postureo?
La nueva adicción: Redes Sociales. Foto Edar Pixabey
La política del envoltorio sobre el contenido que aplican los políticos sin excepción.
Basta con dedicar quince minutos a deslizar el dedo por la pantalla y revisar los perfiles de Facebook o Instagram de cualquier alcalde, alcaldesa o concejal de Gran Canaria para que una pregunta de cajón golpee al ciudadano: ¿Esta gente tiene tiempo real para gestionar la cosa pública?
La evidencia digital es escandalosa. Según lo publicado en sus redes, la jornada laboral de un político actual parece transcurrir en una eterna y frenética yincana de inauguraciones, visitas a pie de calle, fotos de grupo y cortes de cinta.
Si hay un bache que arreglar, allí está el político señalándolo; si se poda un árbol, el concejal supervisa la rama; si hay un taller vecinal o se abre un comercio, el edil posa en primera fila.
Asistimos a una puesta en escena ensayada al milímetro. Vídeos verticales, reels con música épica y transiciones dinámicas donde se les ve caminar con paso firme, gesto preocupado pero resolutivo, para luego mirar a cámara y lanzar un discurso ilustrativo sobre lo maravillosamente bien que va todo.
La narrativa visual que intentan proyectar es casi mesiánica: la sutil apariencia de que, si no fuera por ellos, el mundo dejaría de girar y los servicios públicos colapsarían por completo.
El eclipse del experto y el ejército de asesores
Esta sobreexposición ha provocado un efecto secundario alarmante: la desaparición del técnico. Ya no vemos a los ingenieros explicando el retraso de una obra, ni a los jefes de servicio justificando un cambio de normativa, ni a los trabajadores sociales detallando un programa de ayuda.
El funcionario, el experto que realmente conoce los entresijos de la materia, ha sido sustituido de raíz por el político de turno y su omnipresente gabinete de prensa.
Hoy en día, prácticamente cada cargo público cuenta con su propio asesor de imagen o community manager, pagado con dinero público, cuyo único objetivo es inundar las redes y los medios con notas informativas precocinadas y contenidos multimedia. Es la política del envoltorio sobre el contenido.
El experto técnico ha sido sustituido en la pantalla por el político de turno. Ya no importa quién sabe hacer el trabajo, sino quién sale en la foto explicando cómo se hace.
El "tertuliano" institucional: Expertos en todo, conocedores de nada
Se suele decir que cada época tiene sus costumbres, pero la actual deriva comunicativa de la política no es una simple moda inofensiva; es cansina y, sobre todo, peligrosa.
Hemos convertido a los gobernantes en una suerte de tertulianos de televisión hiperlocales. Da igual la materia de la que hablen —urbanismo, sanidad, fondos europeos, cultura o astrofísica—; se presentan ante el ciudadano como los poseedores únicos de la verdad absoluta, pontificando sobre asuntos complejos de los que, en la gran mayoría de los casos, carecen de la más mínima formación o experiencia previa.
Saber de todo es el primer paso para no saber de nada. El problema no es la ignorancia en sí —un político no tiene por qué ser un científico—, sino la soberbia de no dejar hablar a los que sí saben para no perder un valioso minuto de cuota de pantalla en Instagram.
Un riesgo para la calidad democrática
Cuando la acción de gobierno se reduce al marketing digital, la democracia se degrada. El peligro real de esta "política de reel" es que sustituye la rendición de cuentas real por la simulación de actividad.
Al ciudadano se le satura con propaganda visual para anestesiar la fiscalización: es difícil debatir sobre presupuestos mal ejecutados cuando el feed del concejal está lleno de vídeos emotivos con vecinos sonrientes.
Gobernar no es posar. Gestionar un ayuntamiento o una comunidad requiere horas de despacho, lectura de informes farragosos, reuniones técnicas, burocracia y toma de decisiones complejas; tareas grises, aburridas y que, desde luego, no tienen un filtro estético en las redes sociales.
Va siendo hora de que exijamos a nuestros representantes que dejen de editar vídeos y empiecen a gobernar. La democracia necesita menos creadores de contenido y más gestores responsables.
Menos focos, menos esmero al caminar hacia la cámara, y mucha más gestión en el silencio del despacho.
La nueva adicción: Redes Sociales. Foto Edar Pixabey
Basta con dedicar quince minutos a deslizar el dedo por la pantalla y revisar los perfiles de Facebook o Instagram de cualquier alcalde, alcaldesa o concejal de Gran Canaria para que una pregunta de cajón golpee al ciudadano: ¿Esta gente tiene tiempo real para gestionar la cosa pública?
La evidencia digital es escandalosa. Según lo publicado en sus redes, la jornada laboral de un político actual parece transcurrir en una eterna y frenética yincana de inauguraciones, visitas a pie de calle, fotos de grupo y cortes de cinta.
Si hay un bache que arreglar, allí está el político señalándolo; si se poda un árbol, el concejal supervisa la rama; si hay un taller vecinal o se abre un comercio, el edil posa en primera fila.
Asistimos a una puesta en escena ensayada al milímetro. Vídeos verticales, reels con música épica y transiciones dinámicas donde se les ve caminar con paso firme, gesto preocupado pero resolutivo, para luego mirar a cámara y lanzar un discurso ilustrativo sobre lo maravillosamente bien que va todo.
La narrativa visual que intentan proyectar es casi mesiánica: la sutil apariencia de que, si no fuera por ellos, el mundo dejaría de girar y los servicios públicos colapsarían por completo.
El eclipse del experto y el ejército de asesores
Esta sobreexposición ha provocado un efecto secundario alarmante: la desaparición del técnico. Ya no vemos a los ingenieros explicando el retraso de una obra, ni a los jefes de servicio justificando un cambio de normativa, ni a los trabajadores sociales detallando un programa de ayuda.
El funcionario, el experto que realmente conoce los entresijos de la materia, ha sido sustituido de raíz por el político de turno y su omnipresente gabinete de prensa.
Hoy en día, prácticamente cada cargo público cuenta con su propio asesor de imagen o community manager, pagado con dinero público, cuyo único objetivo es inundar las redes y los medios con notas informativas precocinadas y contenidos multimedia. Es la política del envoltorio sobre el contenido.
El experto técnico ha sido sustituido en la pantalla por el político de turno. Ya no importa quién sabe hacer el trabajo, sino quién sale en la foto explicando cómo se hace.
El "tertuliano" institucional: Expertos en todo, conocedores de nada
Se suele decir que cada época tiene sus costumbres, pero la actual deriva comunicativa de la política no es una simple moda inofensiva; es cansina y, sobre todo, peligrosa.
Hemos convertido a los gobernantes en una suerte de tertulianos de televisión hiperlocales. Da igual la materia de la que hablen —urbanismo, sanidad, fondos europeos, cultura o astrofísica—; se presentan ante el ciudadano como los poseedores únicos de la verdad absoluta, pontificando sobre asuntos complejos de los que, en la gran mayoría de los casos, carecen de la más mínima formación o experiencia previa.
Saber de todo es el primer paso para no saber de nada. El problema no es la ignorancia en sí —un político no tiene por qué ser un científico—, sino la soberbia de no dejar hablar a los que sí saben para no perder un valioso minuto de cuota de pantalla en Instagram.
Un riesgo para la calidad democrática
Cuando la acción de gobierno se reduce al marketing digital, la democracia se degrada. El peligro real de esta "política de reel" es que sustituye la rendición de cuentas real por la simulación de actividad.
Al ciudadano se le satura con propaganda visual para anestesiar la fiscalización: es difícil debatir sobre presupuestos mal ejecutados cuando el feed del concejal está lleno de vídeos emotivos con vecinos sonrientes.
Gobernar no es posar. Gestionar un ayuntamiento o una comunidad requiere horas de despacho, lectura de informes farragosos, reuniones técnicas, burocracia y toma de decisiones complejas; tareas grises, aburridas y que, desde luego, no tienen un filtro estético en las redes sociales.
Va siendo hora de que exijamos a nuestros representantes que dejen de editar vídeos y empiecen a gobernar. La democracia necesita menos creadores de contenido y más gestores responsables.
Menos focos, menos esmero al caminar hacia la cámara, y mucha más gestión en el silencio del despacho.








Marcos | Jueves, 25 de Junio de 2026 a las 17:15:57 horas
Esta moda la inauguró el socialista Augusto Hidalgo el sonrisitas de quien se decía que tenía fotofilia. Todavía sigue igual y muchos políticos y políticas han seguido su ejemplo.
Accede para responder