La memoria de los desastres aereos
El gafe eterno de Los Rodeos, ni el Papa pudo romperlo
Entre la niebla y la mala pata del aeropuerto, al final una avería dejó al avión en tierra y le roba la noticia a Tenerife.
Hay lugares en el mundo que parecen tocados por una extraña y persistente alineación de astros en contra. El aeropuerto de Los Rodeos, ahora denominado Tenerife Norte, es uno de ellos.
Su última "víctima" no ha sido un turista despistado, ni un equipo de fútbol atrapado por el cierre de pistas, sino el mismísimo Vicario de Cristo. Una avería grave de última hora en el avión papal, justo cuando se disponía a emprender el vuelo de regreso a Roma, ha dejado al Pontífice en tierra y ha vuelto a situar al aeródromo tinerfeño en el epicentro de la crónica negra de la aviación internacional.
El incidente se ha convertido en una bola de nieve mediática que abre informativos desde Washington hasta Tokio, pero analizado desde la propia isla, este esperpento destila una doble vertiente de mala suerte que resulta sencillamente demoledora.
Por un lado, está la vertiente histórica y psicológica. El runrún del "gafe". Cada vez que pasa algo en esa pista, a todos se nos hiela la sangre porque los antecedentes son los que son. Hablar de Los Rodeos es activar un resorte traumático que nos devuelve de golpe a la década de los 70, la época dorada de los desastres aéreos en la isla, que se cobraron casi un millar de vidas.
Es imposible que la noticia de la avería del Papa no resucite el fantasma del 27 de marzo de 1977, el día en que el choque de dos Jumbos de KLM y Pan Am convirtió esa maldita pista en el peor accidente de la historia de la aviación mundial con 583 víctimas mortales.
La sombra de aquella tragedia, sumada a los accidentes de la Spantax o el vuelo de Dan-Air, flota siempre sobre el lomo de esa montaña. De hecho, viendo la gravedad de lo sucedido con el avión papal, uno no puede evitar un escalofrío: ¿se imaginan que esa avería, en lugar de manifestarse en tierra durante la revisión, se produce en pleno despegue? Debe ser que Dios, en un arranque de lógica celestial, se apiadó de su Vicario y decidió que el susto tocara suelo firme.
La segunda vertiente de esta mala pata es puramente promocional y política, y nos duele en el orgullo.
La histórica visita del Papa a Canarias estaba diseñada para ser un escaparate idílico de las islas. Teníamos la postal perfecta: las vistas magníficas del Auditorio de Tenerife, la estampa vanguardista de Santiago Calatrava recortándose contra el Atlántico, y una misa multitudinaria con el Pontífice que iba a dar la vuelta al mundo asociando a Tenerife con la luz, la cultura y la fe.
En su lugar, el capricho del destino —o el gafe de la pista— nos ha robado el protagonismo. Toda la repercusión de los encuentros con el Sumo Pontifice Robert Prevost en La Laguna y los actos en Santa Cruz ha quedado fulminada, sepultada bajo el titular morbioso del "avión roto".
En vez de exportar la belleza de nuestra capital y nuestro patrimonio, volvemos a ser noticia internacional por culpa de ese rincón brumoso y propenso a los expedientes X aeronáuticos.
Los Rodeos lo ha vuelto a hacer. Ha conseguido eclipsar una visita histórica y única, tapar el trabajo de meses de las instituciones en Santa Cruz y La Laguna, y recordarle al planeta que, cuando se vuela sobre el norte de Tenerife, la ley de Murphy opera con el doble de fuerza.
Al Papa le tocó sufrir la penitencia de nuestro aeropuerto más polémico; a los tinerfeños, nos queda el consuelo de que, al menos esta vez, el milagro fue que el avión no llegó a despegar.
Y la pregunta del millón, ¿a nadie se le ocurrió proponer el aeropuerto de Tenerife Sur?.... a lo mejor, no se hubiera averiado el avión.

Hay lugares en el mundo que parecen tocados por una extraña y persistente alineación de astros en contra. El aeropuerto de Los Rodeos, ahora denominado Tenerife Norte, es uno de ellos.
Su última "víctima" no ha sido un turista despistado, ni un equipo de fútbol atrapado por el cierre de pistas, sino el mismísimo Vicario de Cristo. Una avería grave de última hora en el avión papal, justo cuando se disponía a emprender el vuelo de regreso a Roma, ha dejado al Pontífice en tierra y ha vuelto a situar al aeródromo tinerfeño en el epicentro de la crónica negra de la aviación internacional.
El incidente se ha convertido en una bola de nieve mediática que abre informativos desde Washington hasta Tokio, pero analizado desde la propia isla, este esperpento destila una doble vertiente de mala suerte que resulta sencillamente demoledora.
Por un lado, está la vertiente histórica y psicológica. El runrún del "gafe". Cada vez que pasa algo en esa pista, a todos se nos hiela la sangre porque los antecedentes son los que son. Hablar de Los Rodeos es activar un resorte traumático que nos devuelve de golpe a la década de los 70, la época dorada de los desastres aéreos en la isla, que se cobraron casi un millar de vidas.
Es imposible que la noticia de la avería del Papa no resucite el fantasma del 27 de marzo de 1977, el día en que el choque de dos Jumbos de KLM y Pan Am convirtió esa maldita pista en el peor accidente de la historia de la aviación mundial con 583 víctimas mortales.
La sombra de aquella tragedia, sumada a los accidentes de la Spantax o el vuelo de Dan-Air, flota siempre sobre el lomo de esa montaña. De hecho, viendo la gravedad de lo sucedido con el avión papal, uno no puede evitar un escalofrío: ¿se imaginan que esa avería, en lugar de manifestarse en tierra durante la revisión, se produce en pleno despegue? Debe ser que Dios, en un arranque de lógica celestial, se apiadó de su Vicario y decidió que el susto tocara suelo firme.
La segunda vertiente de esta mala pata es puramente promocional y política, y nos duele en el orgullo.
La histórica visita del Papa a Canarias estaba diseñada para ser un escaparate idílico de las islas. Teníamos la postal perfecta: las vistas magníficas del Auditorio de Tenerife, la estampa vanguardista de Santiago Calatrava recortándose contra el Atlántico, y una misa multitudinaria con el Pontífice que iba a dar la vuelta al mundo asociando a Tenerife con la luz, la cultura y la fe.
En su lugar, el capricho del destino —o el gafe de la pista— nos ha robado el protagonismo. Toda la repercusión de los encuentros con el Sumo Pontifice Robert Prevost en La Laguna y los actos en Santa Cruz ha quedado fulminada, sepultada bajo el titular morbioso del "avión roto".
En vez de exportar la belleza de nuestra capital y nuestro patrimonio, volvemos a ser noticia internacional por culpa de ese rincón brumoso y propenso a los expedientes X aeronáuticos.
Los Rodeos lo ha vuelto a hacer. Ha conseguido eclipsar una visita histórica y única, tapar el trabajo de meses de las instituciones en Santa Cruz y La Laguna, y recordarle al planeta que, cuando se vuela sobre el norte de Tenerife, la ley de Murphy opera con el doble de fuerza.
Al Papa le tocó sufrir la penitencia de nuestro aeropuerto más polémico; a los tinerfeños, nos queda el consuelo de que, al menos esta vez, el milagro fue que el avión no llegó a despegar.
Y la pregunta del millón, ¿a nadie se le ocurrió proponer el aeropuerto de Tenerife Sur?.... a lo mejor, no se hubiera averiado el avión.





Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.103