Artículo de Opinión
Error grave en las protestas de Zárate en LPGC
Lo que falta es que nazcan niños suficientes y eso no le compete al Ayuntamiento sino a los propios vecinos
El barrio de Zárate ha salido a la calle. Carteles, consignas y la indignación habitual de quienes ven cómo un servicio con medio siglo de historia, la escuela infantil Las Folías, echa el cierre.
Respaldados por la Asociación Vecinal, los manifestantes exhiben con orgullo las 3,500 firmas registradas ante el Gobierno de Canarias exigiendo que se mantenga abierto lo que consideran un pilar esencial de la comunidad.
Sin embargo, tras el ruido de las consignas y pancartas, late una realidad incómoda que nadie en la concentración parece querer ver: los manifestantes están en un gran error.
El cierre de Las Folías no se debe a la desidia de un ayuntamiento ni a un complot político para desmantelar lo público. Se debe a un hecho tan matemático como incontestable: no nacen niños.
La caída de la natalidad en Canarias es tan brutal que las aulas, simplemente, se han quedado vacías. Si la Asociación Vecinal quisiera ser verdaderamente útil, debería convocar una manifestación para exigir que los propios vecinos tengan más hijos. Pero claro, eso exigiría mirar hacia el propio espejo y no hacia la fachada del consistorio.
Esta movilización de Zárate es otra manifestación inútil de tantas que saturan las ciudades de España. La protesta vecinal se ha convertido en una costumbre integrada en nuestra conducta colectiva, una suerte de liturgia promovida por partidos políticos encantados de aparentar que "hacen algo" ante cualquier problema.
Nos hemos quedado en la cáscara, en la apariencia y en el buenismo de la corrección política. Pero ya es hora de abrir los ojos y hablar con claridad.
Los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) son demoledores. En el año 2008 nacieron en España un total de 519,779 niños. En 2024, la cifra apenas llegó a los 318,005. Una caída del 38.8% en solo dieciséis años.
Lo que estamos presenciando en barrios como Zárate no es un recorte administrativo; es el suicidio nacional de una sociedad. Los españoles, y los canarios en particular, nos estamos extinguiendo de forma voluntaria y pacífica.
La radiografía del vacío
En solo 16 años, España ha perdido casi el 40% de sus nacimientos anuales. Las aulas no se cierran por decreto, se cierran por falta de cunas.
Solemos buscar excusas, y la más socorrida siempre es la económica. Pero nos engañamos: con más dinero, las mujeres no van a cambiar de opinión.
El problema es de orden sociológico y de valores éticos. Las dos últimas generaciones —desde los jóvenes hasta los que hoy rozan los cuarenta años— han crecido bajo los nuevos usos de lo políticamente correcto.
Se ha educado en un pacifismo y un ecologismo mal entendidos, que a menudo terminan siendo una extensión del cariño a las mascotas en sustitución de la verdadera protección de la naturaleza.
Fundamentalmente, nos hemos deslizado hacia una especie de egoísmo colectivo. Una juventud que prefiere hablar inglés y lucir ropa de marca, mientras exige que todo sea gratis: las guaguas, los aprobados generales por el mero hecho de estar matriculado, los conciertos y los bonos culturales para gastar en videojuegos o cine. Todo gratis, siempre y cuando no suponga un esfuerzo o un sacrificio personal.
Y en este contexto, tener hijos es un esfuerzo demasiado grande que no compensa. Rompe con una vida individualista y estrictamente centrada en el "yo".
Para colmo, el concepto clásico de familia prácticamente ha desaparecido de la faz social, bendecido por leyes que han sustituido las palabras "padre" y "madre" por el neutro e inclusivo término de "progenitor", no vaya a ser que distinguir el sexo resulte discriminatorio. Vivimos en el disparate del absurdo.
Hemos pasado de la protección a la vida —que nuestra Constitución garantizaba como un derecho fundamental e incluso como una obligación del Estado— a un escenario contradictorio.
Hoy se declara legal la eutanasia, ese eufemismo para definir el suicidio asistido por el Estado que es quién realmente lo aplica como si fuera una prestación básica del sistema nacional de Salud, de tal manera que hemos incluido y legalizado que el Estado aplique una pena de muerte como un derecho individual.
Del aborto, también denominado con otro eufemismo Interrupción Voluntaria del Embarazo, que desde hace unos años se justifica legalmente por la libre voluntad de la mujer, tirando por la borda los supuestos de excepción que antes buscaban equilibrar el conflicto entre la salud de la madre y la del nasciturus.
Hoy, la píldora abortiva poscoital de 24 horas está generalizada, se reparte gratis en ambulatorios y en el Hospital Materno Infantil se practican abortos en salas contiguas a los paritorios.
Con este panorama de fondo, todavía hay quien cree que la solución es manifestarse por el cierre de una guardería.
En pocos años, la natalidad seguirá bajando a niveles todavía peores y nos convertiremos en una sociedad de viejos decrépitos, sin relevo generacional suficiente para sostener este ficticio estado del bienestar.
Algunos partidos políticos defienden la solución promoviendo que vengan personas del resto del mundo a vivir aquí para cuidarnos en la vejez. Sin embargo, al ritmo ético y moral que hemos impuesto, mucho me temo que, dentro de poco, a los viejos nos terminarán convenciendo de que la eutanasia es el mejor camino para la jubilación definitiva.
Menos pancartas por Las Folías y más mirar de frente al vacío que estamos construyendo.

El barrio de Zárate ha salido a la calle. Carteles, consignas y la indignación habitual de quienes ven cómo un servicio con medio siglo de historia, la escuela infantil Las Folías, echa el cierre.
Respaldados por la Asociación Vecinal, los manifestantes exhiben con orgullo las 3,500 firmas registradas ante el Gobierno de Canarias exigiendo que se mantenga abierto lo que consideran un pilar esencial de la comunidad.
Sin embargo, tras el ruido de las consignas y pancartas, late una realidad incómoda que nadie en la concentración parece querer ver: los manifestantes están en un gran error.
El cierre de Las Folías no se debe a la desidia de un ayuntamiento ni a un complot político para desmantelar lo público. Se debe a un hecho tan matemático como incontestable: no nacen niños.
La caída de la natalidad en Canarias es tan brutal que las aulas, simplemente, se han quedado vacías. Si la Asociación Vecinal quisiera ser verdaderamente útil, debería convocar una manifestación para exigir que los propios vecinos tengan más hijos. Pero claro, eso exigiría mirar hacia el propio espejo y no hacia la fachada del consistorio.
Esta movilización de Zárate es otra manifestación inútil de tantas que saturan las ciudades de España. La protesta vecinal se ha convertido en una costumbre integrada en nuestra conducta colectiva, una suerte de liturgia promovida por partidos políticos encantados de aparentar que "hacen algo" ante cualquier problema.
Nos hemos quedado en la cáscara, en la apariencia y en el buenismo de la corrección política. Pero ya es hora de abrir los ojos y hablar con claridad.
Los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) son demoledores. En el año 2008 nacieron en España un total de 519,779 niños. En 2024, la cifra apenas llegó a los 318,005. Una caída del 38.8% en solo dieciséis años.
Lo que estamos presenciando en barrios como Zárate no es un recorte administrativo; es el suicidio nacional de una sociedad. Los españoles, y los canarios en particular, nos estamos extinguiendo de forma voluntaria y pacífica.
La radiografía del vacío
En solo 16 años, España ha perdido casi el 40% de sus nacimientos anuales. Las aulas no se cierran por decreto, se cierran por falta de cunas.
Solemos buscar excusas, y la más socorrida siempre es la económica. Pero nos engañamos: con más dinero, las mujeres no van a cambiar de opinión.
El problema es de orden sociológico y de valores éticos. Las dos últimas generaciones —desde los jóvenes hasta los que hoy rozan los cuarenta años— han crecido bajo los nuevos usos de lo políticamente correcto.
Se ha educado en un pacifismo y un ecologismo mal entendidos, que a menudo terminan siendo una extensión del cariño a las mascotas en sustitución de la verdadera protección de la naturaleza.
Fundamentalmente, nos hemos deslizado hacia una especie de egoísmo colectivo. Una juventud que prefiere hablar inglés y lucir ropa de marca, mientras exige que todo sea gratis: las guaguas, los aprobados generales por el mero hecho de estar matriculado, los conciertos y los bonos culturales para gastar en videojuegos o cine. Todo gratis, siempre y cuando no suponga un esfuerzo o un sacrificio personal.
Y en este contexto, tener hijos es un esfuerzo demasiado grande que no compensa. Rompe con una vida individualista y estrictamente centrada en el "yo".
Para colmo, el concepto clásico de familia prácticamente ha desaparecido de la faz social, bendecido por leyes que han sustituido las palabras "padre" y "madre" por el neutro e inclusivo término de "progenitor", no vaya a ser que distinguir el sexo resulte discriminatorio. Vivimos en el disparate del absurdo.
Hemos pasado de la protección a la vida —que nuestra Constitución garantizaba como un derecho fundamental e incluso como una obligación del Estado— a un escenario contradictorio.
Hoy se declara legal la eutanasia, ese eufemismo para definir el suicidio asistido por el Estado que es quién realmente lo aplica como si fuera una prestación básica del sistema nacional de Salud, de tal manera que hemos incluido y legalizado que el Estado aplique una pena de muerte como un derecho individual.
Del aborto, también denominado con otro eufemismo Interrupción Voluntaria del Embarazo, que desde hace unos años se justifica legalmente por la libre voluntad de la mujer, tirando por la borda los supuestos de excepción que antes buscaban equilibrar el conflicto entre la salud de la madre y la del nasciturus.
Hoy, la píldora abortiva poscoital de 24 horas está generalizada, se reparte gratis en ambulatorios y en el Hospital Materno Infantil se practican abortos en salas contiguas a los paritorios.
Con este panorama de fondo, todavía hay quien cree que la solución es manifestarse por el cierre de una guardería.
En pocos años, la natalidad seguirá bajando a niveles todavía peores y nos convertiremos en una sociedad de viejos decrépitos, sin relevo generacional suficiente para sostener este ficticio estado del bienestar.
Algunos partidos políticos defienden la solución promoviendo que vengan personas del resto del mundo a vivir aquí para cuidarnos en la vejez. Sin embargo, al ritmo ético y moral que hemos impuesto, mucho me temo que, dentro de poco, a los viejos nos terminarán convenciendo de que la eutanasia es el mejor camino para la jubilación definitiva.
Menos pancartas por Las Folías y más mirar de frente al vacío que estamos construyendo.








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