En Fernando Guanarteme cerca de Farray
El atraco de 6 € por una copa de Alvariño en Fray Junípero
La extinción de LPGC sustituida por zonas de gentrificación y turistificación que expulsa a los residentes para atender solo a turistas.
Ayer al mediodía, un cliente pagó 6 euros por una copa de vino blanco en una terraza de la zona de Farray, justo en la Plaza Fray Junípero. El incidente, lejos de ser una anécdota, destapa el malestar de una ciudadanía asfixiada por la conversión de la capital en zonas exclusivas para copas y turistas.
Las Palmas de Gran Canaria.– Ocurrió a plena luz del día y a la hora del vermú, en uno de los epicentros de las terraezas locales: Entre la Plaza de los Betancores con los Martines Escobar, en la emblemática zona de Farray. Allí un cliente habitual se sentó a disfrutar de una copa de vino Albariño y, al pedir la cuenta, llegó la sorpresa: 6 euros por una sola copa.
La cifra ha corrido como la pólvora entre los clientes de la zona y los vecinos del barrio. Lo que hace no tanto costaba 3 euros —o como mucho 4 en los locales más exclusivos— se ha disparado un 100%. No es una subida de precios por la inflación; para muchos de los residentes que contemplaban la escena, roza el "atraco a mano armada".
Lo preocupante es que no se trata de un caso aislado: la "clavada" se está extendiendo como una mancha de aceite por toda la hostelería del entorno de Las Canteras.
Este incidente es el síntoma termométrico de una enfermedad mucho mayor que padece la ciudad: el efecto devastador de la turistificación descontrolada.
La exclusión silenciosa del vecino de toda la vida
Farray, que históricamente fue un refugio bohemio, estudiantil y principalmente del bailoteo de la gente del país con ganas de salsa o de tomarse unas copas, ahora está mutando su ADN a pasos agigantados.
La proliferación desmedida de pisos y alojamientos turísticos (VV) en los edificios colindantes se ha comido el alquiler residencial, pero también se está comiendo el comercio tradicional y los bares-cafeterías tan habituales en los barrios y zonas residenciales.
La consecuencia es una exclusión de facto de la población local. Al amparo del mayor poder adquisitivo del visitante o del nómada digital, los negocios tradicionales se transforman o elevan sus tarifas a niveles prohibitivos para el salario medio canario.
El mensaje que recibe el ciudadano ordinario al sufrir una clavada tremenda por una simple copa de vino o si se atreve a mirar la carta de una terraza es desalentador: «Si no puedes pagarlo, este ya no es tu sitio».
El temor a la expulsión total ya no es una teoría conspirativa; es una realidad palpable. Los cascos históricos de la isla están saturados día y noche, las playas urbanas pierden su cotidianidad y los parajes naturales empiezan a exigir listas de espera, previo pago y autorización administrativa, para evitar el colapso.
El uso del coche privado es imposible para el ciudadano medio, se disuade al de menos recursos. La ciudad es sólo para el que paga un taxi o paga los tikets de zonas azules o verdes por aparcar en las calles o también, te clavan en los aparcamientos subterráneos.
Ante este panorama, la pregunta es inevitable: ¿Nos vamos a convertir todos en simples figurantes de este parque temático en el que se está transformando Gran Canaria?
¿Hay solución o solo manda el dinero?
El debate ciudadano ruge en la calle, exigiendo saber si el único criterio que va a regir el urbanismo y la economía local serán los beneficios pingües de los fondos de inversión y los multipropietarios. ¿Existe alternativa al monocultivo turístico salvaje?
Los expertos —sociólogos, economistas y urbanistas— coinciden en que sí hay soluciones, pero requieren de una valentía política que hasta ahora ha brillado por su ausencia:
Límites estrictos a la vivienda vacacional: Expertos en urbanismo ya proponen la zonificación y el establecimiento de cuotas máximas de alojamiento turístico por barrio (como ya pretende el Gobierno de Canarias y también se ensaya en otras ciudades europeas) para destensar el mercado del alquiler y proteger el comercio local.
Tasas turísticas finalistas: Sociólogos defienden la implantación de un impuesto al visitante cuya recaudación se destine directamente a subsidiar el acceso a la vivienda de los residentes y a proteger los espacios naturales sobreexplotados. Sin embargo, como todo lo que tocan los políticos, se convierten en un filón más de su voracidad recaudatoria, pero dificilmente resolverá nada de este problema.
Protección de la restauración autóctona: Tamibén se apuntan a implantar Mecanismos normativos que incentiven y protejan fiscalmente a los negocios que mantengan precios accesibles y productos locales, evitando la homogeneización de las zonas de ocio.
La copa de Albariño a 6 euros en esta zona de Farray es solo la punta del iceberg. Si la opinión pública, electores al fin y al cabo, no nos movilizamos y obligamos a las instituciones y a los partidos políticos a que tomen cartas en el asunto para impedir la extinción y desaparición de nuestra ciudad y garantizar que los vecinos de Gran Canaria no seamos sometidos y reconvertidos en meros figurantes de este gran parque temático y turístico que se está comiendo toda la isla.
Si no hay reacción popular, seremos expulsados todos de la capital y ni encontraremos alojamiento, ni vivienda ni tampoco barrio o comunidad urbana donde podamos convivir.
Seremos degradados a simples y molestos figurantes para beneficio de los grandes operadores turísticos y de los propietarios de este negocio de quedarse con toda la ciudad, aplicando simplemente la ley del mercado.
El dinero decide y es el único arbitro que regula la vida de lo que queda de ciudad, porque la parte principal ya la han ocupado y entregado al mejor postor..

Ayer al mediodía, un cliente pagó 6 euros por una copa de vino blanco en una terraza de la zona de Farray, justo en la Plaza Fray Junípero. El incidente, lejos de ser una anécdota, destapa el malestar de una ciudadanía asfixiada por la conversión de la capital en zonas exclusivas para copas y turistas.
Las Palmas de Gran Canaria.– Ocurrió a plena luz del día y a la hora del vermú, en uno de los epicentros de las terraezas locales: Entre la Plaza de los Betancores con los Martines Escobar, en la emblemática zona de Farray. Allí un cliente habitual se sentó a disfrutar de una copa de vino Albariño y, al pedir la cuenta, llegó la sorpresa: 6 euros por una sola copa.
La cifra ha corrido como la pólvora entre los clientes de la zona y los vecinos del barrio. Lo que hace no tanto costaba 3 euros —o como mucho 4 en los locales más exclusivos— se ha disparado un 100%. No es una subida de precios por la inflación; para muchos de los residentes que contemplaban la escena, roza el "atraco a mano armada".
Lo preocupante es que no se trata de un caso aislado: la "clavada" se está extendiendo como una mancha de aceite por toda la hostelería del entorno de Las Canteras.
Este incidente es el síntoma termométrico de una enfermedad mucho mayor que padece la ciudad: el efecto devastador de la turistificación descontrolada.
La exclusión silenciosa del vecino de toda la vida
Farray, que históricamente fue un refugio bohemio, estudiantil y principalmente del bailoteo de la gente del país con ganas de salsa o de tomarse unas copas, ahora está mutando su ADN a pasos agigantados.
La proliferación desmedida de pisos y alojamientos turísticos (VV) en los edificios colindantes se ha comido el alquiler residencial, pero también se está comiendo el comercio tradicional y los bares-cafeterías tan habituales en los barrios y zonas residenciales.
La consecuencia es una exclusión de facto de la población local. Al amparo del mayor poder adquisitivo del visitante o del nómada digital, los negocios tradicionales se transforman o elevan sus tarifas a niveles prohibitivos para el salario medio canario.
El mensaje que recibe el ciudadano ordinario al sufrir una clavada tremenda por una simple copa de vino o si se atreve a mirar la carta de una terraza es desalentador: «Si no puedes pagarlo, este ya no es tu sitio».
El temor a la expulsión total ya no es una teoría conspirativa; es una realidad palpable. Los cascos históricos de la isla están saturados día y noche, las playas urbanas pierden su cotidianidad y los parajes naturales empiezan a exigir listas de espera, previo pago y autorización administrativa, para evitar el colapso.
El uso del coche privado es imposible para el ciudadano medio, se disuade al de menos recursos. La ciudad es sólo para el que paga un taxi o paga los tikets de zonas azules o verdes por aparcar en las calles o también, te clavan en los aparcamientos subterráneos.
Ante este panorama, la pregunta es inevitable: ¿Nos vamos a convertir todos en simples figurantes de este parque temático en el que se está transformando Gran Canaria?
¿Hay solución o solo manda el dinero?
El debate ciudadano ruge en la calle, exigiendo saber si el único criterio que va a regir el urbanismo y la economía local serán los beneficios pingües de los fondos de inversión y los multipropietarios. ¿Existe alternativa al monocultivo turístico salvaje?
Los expertos —sociólogos, economistas y urbanistas— coinciden en que sí hay soluciones, pero requieren de una valentía política que hasta ahora ha brillado por su ausencia:
Límites estrictos a la vivienda vacacional: Expertos en urbanismo ya proponen la zonificación y el establecimiento de cuotas máximas de alojamiento turístico por barrio (como ya pretende el Gobierno de Canarias y también se ensaya en otras ciudades europeas) para destensar el mercado del alquiler y proteger el comercio local.
Tasas turísticas finalistas: Sociólogos defienden la implantación de un impuesto al visitante cuya recaudación se destine directamente a subsidiar el acceso a la vivienda de los residentes y a proteger los espacios naturales sobreexplotados. Sin embargo, como todo lo que tocan los políticos, se convierten en un filón más de su voracidad recaudatoria, pero dificilmente resolverá nada de este problema.
Protección de la restauración autóctona: Tamibén se apuntan a implantar Mecanismos normativos que incentiven y protejan fiscalmente a los negocios que mantengan precios accesibles y productos locales, evitando la homogeneización de las zonas de ocio.
La copa de Albariño a 6 euros en esta zona de Farray es solo la punta del iceberg. Si la opinión pública, electores al fin y al cabo, no nos movilizamos y obligamos a las instituciones y a los partidos políticos a que tomen cartas en el asunto para impedir la extinción y desaparición de nuestra ciudad y garantizar que los vecinos de Gran Canaria no seamos sometidos y reconvertidos en meros figurantes de este gran parque temático y turístico que se está comiendo toda la isla.
Si no hay reacción popular, seremos expulsados todos de la capital y ni encontraremos alojamiento, ni vivienda ni tampoco barrio o comunidad urbana donde podamos convivir.
Seremos degradados a simples y molestos figurantes para beneficio de los grandes operadores turísticos y de los propietarios de este negocio de quedarse con toda la ciudad, aplicando simplemente la ley del mercado.
El dinero decide y es el único arbitro que regula la vida de lo que queda de ciudad, porque la parte principal ya la han ocupado y entregado al mejor postor..






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