Crean la nueva sociedad municipal de Higiene Urbana
La suciedad en Las Palmas no se limpia con eufemismos
Calles de LPGC y Concejal Hdez Spinola. Foto VerGC
La capital está desbordada por la costra de suciedad y la falta de limpieza, que ahora se pretende tapar o disimular con nuevos conceptos y modos de gestión.
Hay una máxima en la política moderna que cotiza al alza: cuando seas incapaz de resolver un problema, cámbiale el nombre. Si la gestión te desborda, rebautiza el departamento.
Eso es exactamente lo que parece haber ocurrido en las plantas nobles del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, donde el mundano, necesario y tradicional servicio de "limpieza y recogida de basuras" —ese que el común de los mortales entiende a la primera— ha sido empaquetado en un vistoso lazo lingüístico para dar vida a la pomposa Concejalía de Higiene Urbana y la nueva empresa municipal de Higiene Urbana.
Así fué la presentación y rueda de prensa del Superconcejal Hernández Espínola, un especialista del PSOE que siempre aparece colocado en todas las administraciones tanto del Estado, como Autonómicas y ahora, en su ultima parada en la capital canaria.
Por el camino no solo se quedaron los camiones escoba, sino también el rigor conceptual. Dejamos atrás los "residuos sólidos" (ese otro eufemismo técnico que ya nos colaron hace años) para adentrarnos en el terreno de la finura institucional.
Ahora, el gestor de turno no es el responsable de que las calles huelan a orín o de que los contenedores rebosen; ahora se presenta ante la ciudadanía como el adalid de la "higiene", un concepto abstracto, casi clínico, que al parecer el populacho no alcanzamos a comprender en toda su mística dimensión.
El problema de los eufemismos es que tienen las patas muy cortas cuando chocan de frente con el asfalto y la realidad. El ciudadano no necesita un tratado de semántica cuando sale de su portal en la Feria del Atlántico o Lomo Los Frailes; lo que espera, lo que exige y lo que paga a precio de oro a través de sus impuestos es, sencillamente, LIMPIEZA. Con mayúsculas. Sin adjetivos cosméticos.
Y la realidad de Las Palmas de Gran Canaria, a ojos vista de residentes y visitantes, dista mucho de cualquier manual de higiene. Las aceras, plazas y zonas comunes de la capital arrastran desde hace años una costra endémica de suciedad impregnada, un mapa de manchas y abandono que parece haberse mimetizado con el paisaje urbano.
No se trata de un descuido puntual de un fin de semana; es la huella evidente de la falta de baldeo sistemático, de planes de choque reales y de una desidia que ya es crónica.
Pero si la roña visual y olfativa es alarmante, el verdadero síntoma del colapso de la gestión municipal se arrastra y camina a ras de suelo. Las plagas se han democratizado en la ciudad, colonizando sin pudor desde las zonas residenciales hasta los grandes escaparates turísticos. El mapa de la insurgencia de roedores e insectos es desolador:
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Ratas a plena luz del día: Los roedores han campado a sus anchas por las arterias comerciales y turísticas más emblemáticas. Se pasean por la Avenida de Mesa y López, colonizan los entornos de la antigua Plaza de la Victoria, bordean el paseo de Las Canteras y se camuflan en los parterres de Santa Catalina. Han llenado de fotos y videos periodícos y televisiones.
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La vergüenza de Santa Catalina: El caso del parque de Santa Catalina traspasa la frontera de la ineficacia para rozar el surrealismo. Una zona que es el epicentro de nuestra imagen internacional, el lugar donde históricamente los mayores y visitantes se reúnen a jugar al ajedrez, al dominó y a la dama, se convirtió en un nido de chinches, pulgas e insectos. La oposición clama contra el solar vallado y convertido en vertedero de trastos municipales.
Ante la parálisis y la ineptitud de los gestores públicos, los vecinos de la zona tuvieron que llegar al extremo de organizar una colecta de su propio bolsillo para costear una desinsectación privada del parque.
Una bofetada de realidad ciudadana a la alcadlesa Darias y a su administración local que demuestra que, mientras el ayuntamiento redacta folletos sobre la "higiene urbana", los vecinos tienen que rascarse el monedero para poder sentarse en un banco público sin salir acribillados por los bichos.
Esta maniobra de cambiar las palabras para maquillar la inacción es un insulto a la inteligencia de los administrados. Al denominarse "Higiene Urbana", parece que el concejal del área pretende elevarse por encima de las quejas cotidianas: si usted protesta porque hay basura acumulada o porque un ratón le pasa entre las piernas, usted no está entendiendo el "concepto global" de la higiene de la urbe.
A los vecinos de La Isleta o de Arenales les da igual el organigrama y la literatura institucional. Menos eufemismos de salón y más agua a presión. Menos discursos vacíos antes de los plenos y más raticida.
La capital no necesita gestores que se disfracen de filósofos de la limpieza; necesita, de manera urgente, que alguien agarre la escoba, desatasque el servicio y devuelva la dignidad a unas calles que se hunden bajo el peso de su propia costra.
Calles de LPGC y Concejal Hdez Spinola. Foto VerGCHay una máxima en la política moderna que cotiza al alza: cuando seas incapaz de resolver un problema, cámbiale el nombre. Si la gestión te desborda, rebautiza el departamento.
Eso es exactamente lo que parece haber ocurrido en las plantas nobles del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, donde el mundano, necesario y tradicional servicio de "limpieza y recogida de basuras" —ese que el común de los mortales entiende a la primera— ha sido empaquetado en un vistoso lazo lingüístico para dar vida a la pomposa Concejalía de Higiene Urbana y la nueva empresa municipal de Higiene Urbana.
Así fué la presentación y rueda de prensa del Superconcejal Hernández Espínola, un especialista del PSOE que siempre aparece colocado en todas las administraciones tanto del Estado, como Autonómicas y ahora, en su ultima parada en la capital canaria.
Por el camino no solo se quedaron los camiones escoba, sino también el rigor conceptual. Dejamos atrás los "residuos sólidos" (ese otro eufemismo técnico que ya nos colaron hace años) para adentrarnos en el terreno de la finura institucional.
Ahora, el gestor de turno no es el responsable de que las calles huelan a orín o de que los contenedores rebosen; ahora se presenta ante la ciudadanía como el adalid de la "higiene", un concepto abstracto, casi clínico, que al parecer el populacho no alcanzamos a comprender en toda su mística dimensión.
El problema de los eufemismos es que tienen las patas muy cortas cuando chocan de frente con el asfalto y la realidad. El ciudadano no necesita un tratado de semántica cuando sale de su portal en la Feria del Atlántico o Lomo Los Frailes; lo que espera, lo que exige y lo que paga a precio de oro a través de sus impuestos es, sencillamente, LIMPIEZA. Con mayúsculas. Sin adjetivos cosméticos.
Y la realidad de Las Palmas de Gran Canaria, a ojos vista de residentes y visitantes, dista mucho de cualquier manual de higiene. Las aceras, plazas y zonas comunes de la capital arrastran desde hace años una costra endémica de suciedad impregnada, un mapa de manchas y abandono que parece haberse mimetizado con el paisaje urbano.
No se trata de un descuido puntual de un fin de semana; es la huella evidente de la falta de baldeo sistemático, de planes de choque reales y de una desidia que ya es crónica.
Pero si la roña visual y olfativa es alarmante, el verdadero síntoma del colapso de la gestión municipal se arrastra y camina a ras de suelo. Las plagas se han democratizado en la ciudad, colonizando sin pudor desde las zonas residenciales hasta los grandes escaparates turísticos. El mapa de la insurgencia de roedores e insectos es desolador:
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Ratas a plena luz del día: Los roedores han campado a sus anchas por las arterias comerciales y turísticas más emblemáticas. Se pasean por la Avenida de Mesa y López, colonizan los entornos de la antigua Plaza de la Victoria, bordean el paseo de Las Canteras y se camuflan en los parterres de Santa Catalina. Han llenado de fotos y videos periodícos y televisiones.
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La vergüenza de Santa Catalina: El caso del parque de Santa Catalina traspasa la frontera de la ineficacia para rozar el surrealismo. Una zona que es el epicentro de nuestra imagen internacional, el lugar donde históricamente los mayores y visitantes se reúnen a jugar al ajedrez, al dominó y a la dama, se convirtió en un nido de chinches, pulgas e insectos. La oposición clama contra el solar vallado y convertido en vertedero de trastos municipales.
Ante la parálisis y la ineptitud de los gestores públicos, los vecinos de la zona tuvieron que llegar al extremo de organizar una colecta de su propio bolsillo para costear una desinsectación privada del parque.
Una bofetada de realidad ciudadana a la alcadlesa Darias y a su administración local que demuestra que, mientras el ayuntamiento redacta folletos sobre la "higiene urbana", los vecinos tienen que rascarse el monedero para poder sentarse en un banco público sin salir acribillados por los bichos.
Esta maniobra de cambiar las palabras para maquillar la inacción es un insulto a la inteligencia de los administrados. Al denominarse "Higiene Urbana", parece que el concejal del área pretende elevarse por encima de las quejas cotidianas: si usted protesta porque hay basura acumulada o porque un ratón le pasa entre las piernas, usted no está entendiendo el "concepto global" de la higiene de la urbe.
A los vecinos de La Isleta o de Arenales les da igual el organigrama y la literatura institucional. Menos eufemismos de salón y más agua a presión. Menos discursos vacíos antes de los plenos y más raticida.
La capital no necesita gestores que se disfracen de filósofos de la limpieza; necesita, de manera urgente, que alguien agarre la escoba, desatasque el servicio y devuelva la dignidad a unas calles que se hunden bajo el peso de su propia costra.











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