Supersticiones de antaño
El mito isleño de los Gatos y Plátanos mayeros
La curiosa maldición de lo «mayero» en Gran Canaria que nos recuerda a la isla de nuestros abuelos.
Si hoy decimos que nos han vendido unos plátanos mayeros o que a mi vecina le trajeron un gatito mayero, pues probablemente mucha gente jóven le sonará a cosas lejanas o desconocidas o probablemente como algo viral visto en las redes.
Sin embargo en nuestra isla de antaño, al menos 70 años atrás, vivíamos en una sociedad donde los cultivos y los anímales formaban parte de las actividades diarias; y aunque las mascotas tenían su cabida, la mayoría de casas terreras contaban en sus azoteas o patios, cabras, gallinas, conejos, palomas y también numerosos gatos como el mejor defensor del hogar frente a ratones, ratas y otro tipo de reptiles y cucarachas.
Hasta nuestro inolvidable Pancho Guerra, reflejó en sus cuentos de Pepe Monagas, alguna de esas pinceladas en las que describió el fenomeno del recelo secular del agricultor a todo lo que nace en el mes de mayo.
En las ricas vegas plataneras de la isla, el momento en que la planta «parió» (es decir, cuando asoma la piña de plátanos) se determina el éxito o el fracaso del año, ya que la parición en el mes de mayo era una tragedia para el agricultor.
Y como tal lo recogió el acervo popular de lo mayero como algo flojo, desvahido o que no salíó como debería ser. Reflejando con ello que al agricultor, el platano mayero era deforme, casi enano, mucho mas ancho y feo a la vista. Un desastre para el agricultor cuando a la piña le salía la cabeza en el mes de mayo, entonces ya sabía que le venían curvas.
Y lo mismo, con los gatos, cuya fama no era menor sino al contrario, otro de los mitos populares era que el gato mayero (nacido en mayo) eran malos como requintos porque no perseguían a los ratones, y de ahí muchos refranes isleños (El Gato mayero deja el raton y va al gallinero, o del gato mayero ni para nadie los quiero).
Al decir de los medianeros isleños, todo tenía su explicación y su porqué.
De los gatos mayeros, explicaban que eran distintos a los nacidos en enero-febrero, según decían, porque en mayo los gatitos abrían los ojos en el momento que nuestro campos estaban rompiendo su esplendor con toda nuestra fauna corriendo por todos lados.
Los campos, patios, alpendres y cuartos interiores estaban llenos de lagartos, perenquenes, saltamontes y pequeños pájaros caídos del nido.
Así que no se dedicaban a su principal oficio del gato (hoy día olvidado), al tener presas tan fáciles y lentas a su alcance, los cachorros se criaban jugando y saciando su apetito sin esfuerzo.
Nunca desarrollaban la astucia, la paciencia y la agresividad necesarias para cazar a los indomitos ratones o las grandes ratas de campo. Cuando llegaba el invierno y escaseaban los insectos, el gato mayero resultaba ya ser un inútil para el granero; se había vuelto cómodo que miraba al ratón como quien ve algo ajeno a él.
Por contra, el gatito nacido en enero-febrero, meses frios y con poca fauna, el gato aprendía por instinto su principal función de defender el grano, la cosecha y el queso frente a los frecuentes roedores, a los que hacía frente y era su pieza favorita.
El recuerdo del mes de mayo de antaño, era una especie de primavera tardía, en la que viendo flores casi todo el año, el día de la Santa Cruz (3 de mayo) se llenaban de cruces de flores los portales y fachadas de las modestas casas terreras.
Hoy, recuperamos algo la presencia de cruces de flores en nuestro pueblos, hoy grandes ciudades como Telde o los barrios de la capital; aunque no veo ni por asomo aquella fuerza de colores y el aviso visible de que llegaban los tiempos de recoger papas, y cosechas anticipando el verano.
Hoy me pregunto si nuestros jóvenes y niños conocen que las técnicas agrícolas modernas, los invernaderos y los piensos han difuminado aquellas preocupaciones de nuestros abuelos y padres.
Hoy las plataneras se controlan para regular sus ciclos de parición y los gatos comen pienso en platos de cerámica.
Me vuelvo a preguntar ¿Qué recuerdos tendrán nuestros jóvenes y niños de hoy, de este mes de mayo.?
¿Tendrán la visión de que recordar el mito de lo mayero es asomarse a esa Gran Canaria de los abuelos, donde el calendario no lo marcaba el reloj del móvil, sino el comportamiento de los animales y el capricho del clima.?
Mayo, con toda su belleza floral, sigue arrastrando en la memoria de los grancanarios que ya somos talluditos y peinamos canas, que la tierra es ese recordatorio tan canario de que, a veces, las épocas que prometen ser las más hermosas son las que esconden los frutos más flacos.
Y por último, ¿Serán conscientes jóvenes y niños que están creciendo en una isla que parece un parque temático para turistas? ¿Serán conscientes que sólo están viendo el cliché turístico que se ha adueñado de todos los municipios, de todos los cascos históricos y hasta los parajes naturales que se han turistificado y mercantilizado?
Serán conscientes nuestros jóvenes y niños, qué antes eramos libres para ir al Roque Nublo, a las Dunas de Maspalomas o a las Cañadas del Teide. Mientras que hoy, hay listas de espera, previo pago y permiso administrativo por la avalancha de cruceristas y turistas.

Si hoy decimos que nos han vendido unos plátanos mayeros o que a mi vecina le trajeron un gatito mayero, pues probablemente mucha gente jóven le sonará a cosas lejanas o desconocidas o probablemente como algo viral visto en las redes.
Sin embargo en nuestra isla de antaño, al menos 70 años atrás, vivíamos en una sociedad donde los cultivos y los anímales formaban parte de las actividades diarias; y aunque las mascotas tenían su cabida, la mayoría de casas terreras contaban en sus azoteas o patios, cabras, gallinas, conejos, palomas y también numerosos gatos como el mejor defensor del hogar frente a ratones, ratas y otro tipo de reptiles y cucarachas.
Hasta nuestro inolvidable Pancho Guerra, reflejó en sus cuentos de Pepe Monagas, alguna de esas pinceladas en las que describió el fenomeno del recelo secular del agricultor a todo lo que nace en el mes de mayo.
En las ricas vegas plataneras de la isla, el momento en que la planta «parió» (es decir, cuando asoma la piña de plátanos) se determina el éxito o el fracaso del año, ya que la parición en el mes de mayo era una tragedia para el agricultor.
Y como tal lo recogió el acervo popular de lo mayero como algo flojo, desvahido o que no salíó como debería ser. Reflejando con ello que al agricultor, el platano mayero era deforme, casi enano, mucho mas ancho y feo a la vista. Un desastre para el agricultor cuando a la piña le salía la cabeza en el mes de mayo, entonces ya sabía que le venían curvas.
Y lo mismo, con los gatos, cuya fama no era menor sino al contrario, otro de los mitos populares era que el gato mayero (nacido en mayo) eran malos como requintos porque no perseguían a los ratones, y de ahí muchos refranes isleños (El Gato mayero deja el raton y va al gallinero, o del gato mayero ni para nadie los quiero).
Al decir de los medianeros isleños, todo tenía su explicación y su porqué.
De los gatos mayeros, explicaban que eran distintos a los nacidos en enero-febrero, según decían, porque en mayo los gatitos abrían los ojos en el momento que nuestro campos estaban rompiendo su esplendor con toda nuestra fauna corriendo por todos lados.
Los campos, patios, alpendres y cuartos interiores estaban llenos de lagartos, perenquenes, saltamontes y pequeños pájaros caídos del nido.
Así que no se dedicaban a su principal oficio del gato (hoy día olvidado), al tener presas tan fáciles y lentas a su alcance, los cachorros se criaban jugando y saciando su apetito sin esfuerzo.
Nunca desarrollaban la astucia, la paciencia y la agresividad necesarias para cazar a los indomitos ratones o las grandes ratas de campo. Cuando llegaba el invierno y escaseaban los insectos, el gato mayero resultaba ya ser un inútil para el granero; se había vuelto cómodo que miraba al ratón como quien ve algo ajeno a él.
Por contra, el gatito nacido en enero-febrero, meses frios y con poca fauna, el gato aprendía por instinto su principal función de defender el grano, la cosecha y el queso frente a los frecuentes roedores, a los que hacía frente y era su pieza favorita.
El recuerdo del mes de mayo de antaño, era una especie de primavera tardía, en la que viendo flores casi todo el año, el día de la Santa Cruz (3 de mayo) se llenaban de cruces de flores los portales y fachadas de las modestas casas terreras.
Hoy, recuperamos algo la presencia de cruces de flores en nuestro pueblos, hoy grandes ciudades como Telde o los barrios de la capital; aunque no veo ni por asomo aquella fuerza de colores y el aviso visible de que llegaban los tiempos de recoger papas, y cosechas anticipando el verano.
Hoy me pregunto si nuestros jóvenes y niños conocen que las técnicas agrícolas modernas, los invernaderos y los piensos han difuminado aquellas preocupaciones de nuestros abuelos y padres.
Hoy las plataneras se controlan para regular sus ciclos de parición y los gatos comen pienso en platos de cerámica.
Me vuelvo a preguntar ¿Qué recuerdos tendrán nuestros jóvenes y niños de hoy, de este mes de mayo.?
¿Tendrán la visión de que recordar el mito de lo mayero es asomarse a esa Gran Canaria de los abuelos, donde el calendario no lo marcaba el reloj del móvil, sino el comportamiento de los animales y el capricho del clima.?
Mayo, con toda su belleza floral, sigue arrastrando en la memoria de los grancanarios que ya somos talluditos y peinamos canas, que la tierra es ese recordatorio tan canario de que, a veces, las épocas que prometen ser las más hermosas son las que esconden los frutos más flacos.
Y por último, ¿Serán conscientes jóvenes y niños que están creciendo en una isla que parece un parque temático para turistas? ¿Serán conscientes que sólo están viendo el cliché turístico que se ha adueñado de todos los municipios, de todos los cascos históricos y hasta los parajes naturales que se han turistificado y mercantilizado?
Serán conscientes nuestros jóvenes y niños, qué antes eramos libres para ir al Roque Nublo, a las Dunas de Maspalomas o a las Cañadas del Teide. Mientras que hoy, hay listas de espera, previo pago y permiso administrativo por la avalancha de cruceristas y turistas.









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