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Domingo, 17 de Mayo de 2026 a las 02:13:29 horas

Marcelo Valerón
Domingo, 17 de Mayo de 2026
Artículo de Opinión

De David Bellamy al tik-toker institucional

La degradación de la política en sesenta segundos y el cacareo twitero

 

     Hubo un tiempo en que la televisión emitía documentales donde divulgadores de la talla del británico David Bellamy se adentraban en la naturaleza, pisaban el barro y, con una mezcla de pasión y conocimiento científico, introducían al espectador en realidades complejas. Aquellas producciones destilaban rigor, paciencia y un profundo respeto por la inteligencia del público.

 

    Hoy, décadas después, la política española ha decidido fagocitar ese formato, pero despojándolo de cualquier rastro de verdad. Asistimos a una auténtica inundación de minivideos en redes sociales donde concejales, diputados y ministros se convierten en los protagonistas absolutos de su propio 'docurreality'.

   Los vemos paseando por una obra pública, acariciando un árbol en un parque recién inaugurado o mirando al horizonte con gesto compungido mientras una música épica de fondo intenta dotar de trascendencia lo que no es más que pura cosmética.

 

  La diferencia con Bellamy es trágica: estas píldoras de un minuto no son documentales, ni esta pléyade de oportunistas y zampabollos representan a nadie que no sea a sí mismos y a sus propias siglas.

 

El paradigma de la caradura y el desprecio ciudadano

 

Lo verdaderamente chocante de este fenómeno es la desconexión total con la realidad. Viven en una burbuja de "me gustas" y retuits, ignorando o despreciando activamente el hastío que despiertan en los ciudadanos de a pie. La calle está harta de mentiras, de postureo digital y de ver a tanto aprovechado viviendo de la cosa pública a cuerpo de rey mientras el país real sufre para llegar a fin de mes.

El formato del minivideo busca la empatía impostada, pero solo consolida el paradigma de la caradura. Se presentan como gestores eficaces y cercanos, pero la realidad tras la pantalla es el vacío absoluto. No hay ideas, no hay proyectos a largo plazo, solo la necesidad imperiosa de alimentar el algoritmo para mantener el sillón.

 

España sin espacio para el raciocinio

 

   Esta tiranía del formato corto ha destruido cualquier posibilidad de debate elevado. El ecosistema digital ha dividido la política en dos trincheras irreconciliables donde la objetividad y el compromiso con el país han saltado por los aires:

 

  • Los de un lado: Justificando con piruetas argumentales cualquier ocurrencia o cesión de Pedro Sánchez y sus socios, aplaudiendo el relato oficial sin el menor sentido crítico.

  • Los del otro: En contra por sistema de absolutamente todo, buscando el titular ruidoso y el zasca rápido en X (antes Twitter) en lugar de armar una alternativa seria y constructiva.

 

   En este fuego cruzado de sesenta segundos, no hay espacio para la verdad. Todo se reduce a un partido de fútbol identitario donde la decadencia y la destrucción institucional de España avanzan a ritmo de vértigo cada día.

 

Exprimir la finca o esperar la herencia

 

    La radiografía del panorama actual es desoladora y se resume en una alarmante falta de patriotismo y altura de miras. Mientras las instituciones se degradan y la separación de poderes se difumina, el tablero político se divide entre dos actitudes igual de parasitarias.

 

    Por una parte, están los que exprimen la finca sin pudor ni límite alguno, esquilmando los recursos públicos y patrimonializando el Estado como si fuera su negocio privado.

    Por la otra, los que se limitan al cacareo tuitero, instalados en la queja estéril, esperando simplemente sentarse a ver pasar el cadáver de su adversario para heredar la finca sin haber movido un solo dedo ni propuesto una reforma estructural para salvarla.

 

   Mientras tanto, el ciudadano contempla el espectáculo con una mezcla de rabia y resignación. La política ha dejado de ser la búsqueda del bien común para convertirse en una mala serie de microvídeos de usar y tirar. El problema es que, cuando la pantalla se apague y se acabe la música de fondo, lo que quedará será un país institucionalmente arruinado.

 

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