Artículo de Opinión
Caminando por Telde entre el bache real y el "reel" ideal
Calle del Casco de Telde. Foto areyes
Transitar por la ciudad de los Faycanes es un vaiven entre la suciedad encostrada de las aceras y los baches por doquier
Caminar por Telde hoy es un ejercicio de equilibrismo físico y mental. Mientras las ruedas de los coches sufren el castigo sistemático de un asfalto iregularmente quebrado y las aceras se rinden al color de suciedad tan intensamente impregnada, que el caminante percibe que se impone la voluntad de la acera que se resiste y se niega a perder esa imagen de lustros de abandono.
Una parte significativa de la vecindad parece haber decidido que la realidad duele menos si se filtra a través de una pantalla de cinco pulgadas. Vivimos en la paradoja de la hiperconexión: nunca hemos tenido tantas herramientas para denunciar el "dislate" cotidiano, y sin embargo, nunca hemos sido tan mansos ante él.
La anestesia del algoritmo
La desconexión entre la ciudad física y la ciudad digital es, sencillamente, demoledora. El vecino de Telde y especialmente el más jóven puede pasar horas consumiendo reels de viajes exóticos, memes ingeniosos o la última ocurrencia del influencer de turno, mientras la calle que tiene bajo su ventana languidece.
Esta hiperactividad digital genera una falsa sensación de participación. Creemos que por dar un "like" a una queja o compartir un vídeo irónico sobre un socavón ya hemos cumplido con nuestro deber civil. El resultado es un adoctrinamiento invisible: el ruido constante de las redes sociales actúa como un sedante que transmuta la indignación real en un conformismo digital. Nos hemos convertido en un "rebaño" que prefiere el brillo del píxel al polvo de la obra mal gestionada.
La omnipotencia del despacho
Este escenario de "borreguismo" tecnológico es el caldo de cultivo ideal para la casta política y su legión de asesores. Al observar que la protesta no salta de la red a la calle, los representantes de la "cosa pública" desarrollan un sentimiento de omnipotencia.
"Nada de lo que hagan, por muy lesivo que sea para el bienestar común, parece amenazar su continuidad."
Se consolida así una gestión basada en la impunidad del desinterés. Si el ciudadano está más pendiente de la última tendencia en TikTok que de la ejecución presupuestaria o del mantenimiento básico de su barrio, el político entiende que el camino está libre para seguir malgastando. La mala gestión no pasa factura si el electorado está entretenido en el metaverso local.
El papel del "pastoreo" mediático
No se puede entender esta pasividad vecinal sin señalar la labor de esos grupos de seguidores organizados por las ejecutivas de partidos políticos y colectivos pseudo vecinales o culturales, que se dedican a llenar de mensajes como los bots en redes sociales.
Tampoco podemos olvidar a algún medio de comunicación y plataformas digitales "afines". Bien incentivados aparentemente fondos privados que previamente son "engrasados" por los fondos públicos graciosamente repartidos—o dependientes de ellos para su subsistencia—, estos agentes actúan como los perros pastores del rebaño. Su misión es clara:
-
Minimizar el desastre: Convertir el bache en una anécdota o una herencia recibida.
-
Distraer la atención: Poner el foco en eventos festivos o propaganda vacía.
-
Blanquear la desidia: Presentar la falta de gestión como una gestión "diferente" o moderna.
El despertar necesario
La realidad física de Telde es tozuda y no se arregla con un filtro de Instagram. La brecha entre lo que percibimos en nuestras pantallas y el estado real de nuestros barrios es una señal de alarma que no deberíamos ignorar.
Mientras no haya alternativa ciudadana, clara y crítica proponiendo soluciones y exigiendo cambios, y sobretodo, mientras la vecindad siga atrapada en la red, los gestores seguirán sintiéndose intocables en sus sillones, convencidos de que el rebaño, aunque maltrecho, seguirá quejándose flojito mientras tenga Wi-Fi. Es hora de levantar la vista del móvil, comprobar la realidad que vemos delante de nosotros y recordar que la ciudad se construye en la calle, con el intercambio de opiniónes libres, que corra el boca a boca y no en el muro de una red social o compartir el instagram.
La democracia es, en el fondo los estados de opinión pública. No permita que otros fabriquen e impongan la suya.
Calle del Casco de Telde. Foto areyes
Caminar por Telde hoy es un ejercicio de equilibrismo físico y mental. Mientras las ruedas de los coches sufren el castigo sistemático de un asfalto iregularmente quebrado y las aceras se rinden al color de suciedad tan intensamente impregnada, que el caminante percibe que se impone la voluntad de la acera que se resiste y se niega a perder esa imagen de lustros de abandono.
Una parte significativa de la vecindad parece haber decidido que la realidad duele menos si se filtra a través de una pantalla de cinco pulgadas. Vivimos en la paradoja de la hiperconexión: nunca hemos tenido tantas herramientas para denunciar el "dislate" cotidiano, y sin embargo, nunca hemos sido tan mansos ante él.
La anestesia del algoritmo
La desconexión entre la ciudad física y la ciudad digital es, sencillamente, demoledora. El vecino de Telde y especialmente el más jóven puede pasar horas consumiendo reels de viajes exóticos, memes ingeniosos o la última ocurrencia del influencer de turno, mientras la calle que tiene bajo su ventana languidece.
Esta hiperactividad digital genera una falsa sensación de participación. Creemos que por dar un "like" a una queja o compartir un vídeo irónico sobre un socavón ya hemos cumplido con nuestro deber civil. El resultado es un adoctrinamiento invisible: el ruido constante de las redes sociales actúa como un sedante que transmuta la indignación real en un conformismo digital. Nos hemos convertido en un "rebaño" que prefiere el brillo del píxel al polvo de la obra mal gestionada.
La omnipotencia del despacho
Este escenario de "borreguismo" tecnológico es el caldo de cultivo ideal para la casta política y su legión de asesores. Al observar que la protesta no salta de la red a la calle, los representantes de la "cosa pública" desarrollan un sentimiento de omnipotencia.
"Nada de lo que hagan, por muy lesivo que sea para el bienestar común, parece amenazar su continuidad."
Se consolida así una gestión basada en la impunidad del desinterés. Si el ciudadano está más pendiente de la última tendencia en TikTok que de la ejecución presupuestaria o del mantenimiento básico de su barrio, el político entiende que el camino está libre para seguir malgastando. La mala gestión no pasa factura si el electorado está entretenido en el metaverso local.
El papel del "pastoreo" mediático
No se puede entender esta pasividad vecinal sin señalar la labor de esos grupos de seguidores organizados por las ejecutivas de partidos políticos y colectivos pseudo vecinales o culturales, que se dedican a llenar de mensajes como los bots en redes sociales.
Tampoco podemos olvidar a algún medio de comunicación y plataformas digitales "afines". Bien incentivados aparentemente fondos privados que previamente son "engrasados" por los fondos públicos graciosamente repartidos—o dependientes de ellos para su subsistencia—, estos agentes actúan como los perros pastores del rebaño. Su misión es clara:
-
Minimizar el desastre: Convertir el bache en una anécdota o una herencia recibida.
-
Distraer la atención: Poner el foco en eventos festivos o propaganda vacía.
-
Blanquear la desidia: Presentar la falta de gestión como una gestión "diferente" o moderna.
El despertar necesario
La realidad física de Telde es tozuda y no se arregla con un filtro de Instagram. La brecha entre lo que percibimos en nuestras pantallas y el estado real de nuestros barrios es una señal de alarma que no deberíamos ignorar.
Mientras no haya alternativa ciudadana, clara y crítica proponiendo soluciones y exigiendo cambios, y sobretodo, mientras la vecindad siga atrapada en la red, los gestores seguirán sintiéndose intocables en sus sillones, convencidos de que el rebaño, aunque maltrecho, seguirá quejándose flojito mientras tenga Wi-Fi. Es hora de levantar la vista del móvil, comprobar la realidad que vemos delante de nosotros y recordar que la ciudad se construye en la calle, con el intercambio de opiniónes libres, que corra el boca a boca y no en el muro de una red social o compartir el instagram.
La democracia es, en el fondo los estados de opinión pública. No permita que otros fabriquen e impongan la suya.





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